miércoles, 24 de mayo de 2017

La última función


Durante días no se habló de otra cosa. Los vecinos del viejo inmueble se alegraron de que por fin la policía se hubiera llevado a la anciana del ático. Hubo a quien le dio pena, calculaban que tendría noventa años, aunque desde hacía meses se había encerrado en su piso y temieron que el desagradable olor que bajaba fuera una prueba de que la anciana había pasado a mejor vida. La policía esperó a que los bomberos echasen la puerta abajo para extraer basura acumulada durante años en cantidad suficiente para llenar un camión municipal. La anciana, al llegar al hospital, desnutrida y aturdida, no recordaba su nombre ni se le encontró parientes que respondieran por ella. Mientras la desnudaban los enfermeros encontraron que en una de sus manos asía fuertemente un objeto pequeño y duro. Forcejeó hasta la extenuación, y volvió a preguntar por aquello a quienes fueron a verla a su habitación. Lo pidió con tanta insistencia, entre lágrimas, que el médico responsable preguntó a las enfermeras y celadores. Resultó ser un trozo de piedra, caliza, apuntó uno de los médicos residentes antes de que el jefe de planta accediera a que se lo devolvieran a la anciana. Esta se calmó nada más tenerlo entre sus manos hasta el punto de quedarse dormida. En realidad, no lograron despertarla cuando se dieron cuenta de que la medicación había podido con ella.
Setenta años antes, en la consulta de un doctor, un hombre de mediana edad y su ayudante en los espectáculos aguardan a que aquel se lavase las manos tras el biombo para desvelar el diagnóstico. El paciente llevaba días con unos dolores terribles en las manos, en las articulaciones, aunque solo la insistencia de su ayudante le había empujado a visitar al doctor. En el fondo sospechaba qué le iba a decir este. No entendía de medicina, su don era otro, pero intuía que le diría que era irreversible, que tendría que dejar de actuar.
¿A qué se dedica?, pregunta el médico sentándose por fin tras la mesa llena de papeles.
Hay un silencio, los dos hombres a este lado se miran. El ayudante hace un gesto.
¿No sabe quién es? Es Kalosini el mago. La ciudad está llena de carteles con la función para este viernes. Le daré dos entradas para que vaya a ver el espectáculo… -dice llevándose la mano al bolsillo de su chaleco. El mago le hace un gesto a su ayudante para que calle al ver la cara del doctor un tanto apática.
Creo que al doctor no le interesa la magia, Salvatore.
Pues no, soy médico, no creo en… trucos de magia.
Kalosini entiende el esfuerzo que ha hecho el doctor para reprimir una expresión menos amable, él mismo asiente como dando por bueno el argumento, no quiere perder más tiempo en la consulta, el dolor arrecia en sus manos, también en sus rodillas, sus huesos se revelan sobre todo por las noches, a la hora de acostarse, pero eso no se lo ha dicho al médico. No ha hecho falta, el doctor ha usado primero un lenguaje técnico para más tarde confirmarle sus sospechas: es una enfermedad degenerativa, irá a más con el tiempo, los miembros se le agarrotarán y el dolor se volverá insoportable todo y que le recetará morfina.
No abuse, ya sabrá los efectos que tiene, oye el mago, también su ayudante que guarda la receta sacando a su vez las dos entradas prometidas para la función de esa semana.
No creo que vaya, le dice el médico a Salvatore aunque las toma y manosea esperando que el ayudante o el médico le abonen el coste de la consulta.
Muchas gracias, doctor. Es la despedida de Kalosini.
Yo de usted me buscaba otro trabajo, y no solo por sus trucos.
El ayudante se adelanta a ambos para abrir la puerta, el mago se coloca el sombrero, hace una pequeña reverencia al doctor antes de salir y, ya en la calle, le pide a Salvatore que vaya a comprar la medicina a la botica.
Me da apuro dejarte solo.
No me pasará nada.
¿Vas a verla de nuevo?
La pregunta queda sin respuesta unos instantes. Él no quiere contestar, tampoco es necesario. Salvatore y él llevan viajando con el espectáculo itinerante demasiado tiempo. En todos esos años han vivido muchas alegrías, penas e injusticias. Así lo cree Salvatore, pues sabe que el verdadero mal del mago está dentro, en su corazón. Ya no es el mismo, ahora solo actúa bajo ese aura melancólica, sin la vitalidad de las primeras funciones… Las mujeres siempre quedaban fascinadas con su locuacidad, con sus habilidades en el escenario, alguna compartió más de una noche de hotel, recuerda ahora Salvatore, pero ninguna se quedó, ninguna aceptó compartir el resto de su vida con el mago. Y lo que en principio le pareció bien para él, alargar sus ingresos recorriendo el país con el espectáculo, se había dado cuenta de que era lo más parecido a una condena para Kalosini. Ninguno de los dos había mencionado la palabra retiro aunque flotaba en el aire, de tanto en tanto, en alguna conversación a altas horas de la noche cuando el mago se despertaba agitado, con pesadillas recurrentes .
Ve a por la medicina, nos veremos en el hotel, dijo dándole la espalda para internarse entre la muchedumbre de la calle. Salvatore le vio alejarse, preocupado.
También Kalosini aligeró primero el paso para distanciarse de la consulta del médico y, más tarde, para notar un peso invisible que parecía retenerle, como advirtiéndole de que una segunda mala noticia le esperaba en la casa a la que se dirigía. La divisó pronto, era la residencia de un rico comerciante que vivía allí con su familia. Su mayor tesoro era Angélica, su hija, tan atractiva como indecisa a la hora de elegir pretendientes. Muchos habían caído en sus redes, en su juego de seducción; unos habían huido a tiempo, otros no, abotagados por los galanteos y deferencias de la muchacha se habían desquiciado al saberse rechazados, algunos con reacciones violentas o el suicidio incapaz de soportar la humillación pública.
En realidad, la joven Angélica se había encaprichado de un terrateniente extranjero que la cortejaba ya sin recelo, como si fuera cuestión de tiempo que el padre diese la bendición. Salvo por el hecho de que también se había encaprichado de Kalosini, aunque de un modo menos apasionado, atraída únicamente por aquellos trucos de magia que la distraían de su aburrida vida encerrada en a casa o acudiendo a las más aburridas aún fiestas de sociedad de su padre. Desde que fuera a ver uno de los espectáculos de magia del gran Kalosini había hecho lo indecible para hablar con él, a solas, tras la función, flirteando y dándole promesas para quedar de nuevo, días más tarde, incluso en su casa.
Llamó a la puerta. Un criado le hizo pasar al vestíbulo donde debía esperar. Angélica llegó al rato, radiante, encantada de volver a verle. Coqueteó con él en el jardín, lejos de las miradas de sus padres, le arrulló acercándose a él apoyada en su brazo, como en una confidencia.
Estoy harta de este sitio, llévame contigo.
Aquello sorprendió a Kalosini, notó un calor antiguo en su corazón, hacía tanto tiempo que una mujer no le hablaba así. Solo que ella no era como las otras, era especial, al menos así la veía. Tan joven, tan guapa, y con aquella mirada capaz de derretir al hombre más inflexible.
¿Te vendrías conmigo? ¿De verdad? No es una vida fácil, siempre de un lado para otro.
Por supuesto, contestó ilusionada, apretándole el brazo, hablándole al oído; me encantaría viajar, conocer otros países, otras gentes, esto no es vida para mí.
Consciente de la existencia del otro pretendiente él le insinuó qué haría con aquel.
No sé, no hablemos de él ahora; tú estás aquí, haz un truco de magia para mí.
Y como si el amor nublase la razón de la misma manera que Kalosini conseguía distraer la atención del público en sus espectáculos, la joven le sedujo. Se entusiasmó con el truco de la rosa y las cartas que Kalosini le regaló con un rápido movimiento de manos.
¿Vendrás a la función del viernes?
Por supuesto, no me lo perdería por nada del mundo. Depositó un beso en la mejilla del mago que inconsciente se giró antes de tiempo robándole medio beso en los labios.
¿Te ha molestado? Disculpa, yo no…
No pasa nada, pero no me gusta que me roben un beso.
Se lo perdonó con una sonrisa pícara que Kalosini reprodujo en su cabeza durante el trayecto de vuelta al hotel. Qué mejor manera de despedirse de su público que en una última función, se dijo esbozando también una sonrisa, adelantándose al momento en que regresase a aquella casa para pedirle la mano de Angélica a su padre.
Esperó paciente al día de la función, soñó con ella, con una casa apartada de la ciudad, de los escenarios, con un huerto quizá, aunque el dolor en sus articulaciones le despertaba de la ensoñación. Borraba aquellas imágenes, pero retenía las otras, esas en las que se veía con ella, con Angélica, abrazándola, besándola, experimentando de nuevo el breve ardor del amor que tan esquivo le había sido a los largo de su vida. Puso todas sus ilusiones en la muchacha de rubios cabellos y sonrisa de ángel.
El viernes el patio de butacas estaba a reventar, desde detrás del telón Salvatore se asomó para advertir a Kalosini que habían venido las autoridades  principales e incluso el médico con su mujer.
¿No estarás nervioso?
¿Y ella, la has visto? -No le quiso decir que sí-. Déjame ver.
Ahora no, has de prepararte.
Se colocó entorpeciéndolo el paso, pero él se zafó para asomarse por entre el telón y el hombro del ayudante. Sí, allí estaba, en las primeras filas, con su familia y aquel terrateniente que, según apreció, le apretaba una mano entre las suyas.
Vamos, vamos, que sales en cinco minutos, oyó de Salvatore, pero fue como si la voz viniese de un lugar lejano. Dentro de sí, el calor se había transformado en brasas ardientes, en un fuego que le quemaba. No quería salir, subir al escenario, ser la burla de todos, porque se convenció de que todos los presentes le mirarían con desprecio, como si le reprochasen que hubiera sido tan estúpido de creerse que la muchacha le escogiera a él en lugar de al apuesto terrateniente. Qué bien se lo estaría pasando a su costa, pensó Kalosini. El dolor en las manos le hizo estremecerse, incluso notó como si se le quedasen dormidas, un augurio de la enfermedad que acabaría postrándole algún día en una sucia pensión de mala muerte, en un rincón olvidado, solo…
El telón se levantó, el público rompió en aplausos, se anunció la salida de Kalosini entre silbidos y vítores. Él aún tardó en pisar las tablas del escenario justo cuando comenzaba a oírse un rumor entre los asistentes. Dio las gracias, comenzó con uno de sus trucos clásicos, arrancó exclamaciones, nuevos aplausos, miradas de admiración. Se sintió turbado, las veces que se fijó en Angélica su corazón amenazó con detenerse. El tipo sentado a su lado parecía adivinar sus pensamientos y se mantenía pegado a ella. El dolor en sus dedos se agudizó por la fuerza de sus pensamientos. Fue entonces cuando, en un parpadeo, al terminar un truco ribeteado de aplausos comprendió que debía cumplir la promesa que se había hecho a sí mismo. Anunció de improviso que iba a realizar un truco especial, que para ello necesitaba a alguien del público, una voluntaria a ser posible. Hubo brazos levantados, gente que grito aquí, pero él señaló a Angélica. Entre aplausos llegó donde el mago, los pequeños trucos de cartas solo eran una cortina de humo, la gente aplaudía y bajo aquel rumor le preguntó en voz baja si seguía queriendo irse con él, marcharse de allí juntos, dejándolo todo atrás.
Ella negó con la cabeza, en sus labios pudo leer un no, aunque el resto del público seguía atento a la joven, a su belleza sobre el escenario, a los trucos de magia girando a su alrededor de la mano de aquel mago que cada vez se sentía más cansado, más vacío.
Kalosini echó una última mirada furtiva a su lado, donde distinguió en la sombra tras el segundo telón a Salvatore. Este se inquietó, le conocía demasiado, algo no iba bien, era como si aquel le hubiera hecho una mueca de despedida. A partir de ahí todo sucedió tan deprisa… Kalosini tomo un pañuelo blanco se lo tendió a Angélica para que hiciera con él una flor con un nudo. Ella se la tendió mirando sin ver, ajena a la mirada del mago, divertida como todas las veces que le había pedido un truco de magia más para su disfrute. Dos lágrimas cayeron por la mejilla de Kalosini, al tocar el pañuelo este, por arte de magia, de transformó en una rosa blanca auténtica. Ni Angélica ni el público salían de su asombro. La rosa entre los doloridos dedos del mago golpeó la palma de una de sus manos para transformarse en un pajarillo, un petirrojo que se apoyó en uno de los dedos. Los aplausos le asustaron y salió volando. Decenas de ojos siguieron el vuelo del animal por el techo del teatro, solo unos pocos, los de Angélica entre ellos, vieron a Kalosini abrirse la pechera de su traje con una mano, descubierto el ojal donde asomaba la piel, con la mano derecha el mago dio un suave golpe, como si percutiera una nota musical. Desde los pies fue ascendiendo una transformación lenta pero inexorable que convirtió en segundos al mago en una estatua de piedra. Se hizo un silencio doloroso en el teatro. Junto a la joven ya no estaba el gran Kalosini, el mago, sino una especie de escultura rocosa, inmóvil, grotesca. La joven se alejo asustada, se reunió con su familia y el terrateniente que gritó que avisaran a alguien. El griterío no cesó a pesar de las llamadas a la calma de Salvatore tan confundido como el resto. Una marabunta de asistentes, ya en pie, subieron al escenario para acercarse a la estatua primero y, encolerizados después, arremeter contra ella. No tardaron mucho en derribarla, en romperla. Algunos trozos estuvieron rodando por la ciudad días después de que la función se clausurase, Salvatore tuviera que salir medio escondido por la puerta trasera y el nombre de Kalosini se asociara despectivamente. Nada pareció quedar de aquella noche con el paso de los años, solo un fragmento pequeño de roca que Angélica guardó para sí mucho después de que el terrateniente la abandonase como hicieron los que le sucedieron y decidiera un día marcharse lejos, con sus recuerdos y aquella piedra que un día le propusiese la vida que nunca tuvo.

martes, 23 de mayo de 2017

El examen


Hoy mi hija se examinaba del carné de conducir. Del teórico. Anoche se acostó tarde. Supuse que estuvo repasando cuestionarios, por lo de los fallos permitidos. Esta mañana cuando le he preguntado me ha dicho que con el trabajo que se ha echado por las tardes apenas le ha dado tiempo a repasarse la teoría, que tests ha hecho más bien pocos, pero que confía en aprobar. Lo ha dicho de una manera tan rotunda, tan convincente que no he sabido qué responderle.
Marcaré la respuesta más lógica, me ha medio susurrado cuando nos hemos despedido en el vestíbulo de casa. Le propuse acompañarla hasta la autoescuela, por si estaba nerviosa. Me miró como si le hubiera dicho algo ofensivo. El nervioso claramente era yo. No la vi alterada, en realidad, no le gusta que la vean con su padre ni por la autoescuela ni en el instituto.

La seguí con la mirada a través de la ventana, un poco oculto para que no me viese, confirmando que el nervioso era yo, el que tiene el runrún en el estómago por más que vi que caminaba decidida, sonriente, incluso que saludaba a un chico antes de girar la esquina de la avenida y desaparecer en dirección a la autoescuela hablando juntos.
Mi mujer dice que me preocupo demasiado, que debo dejarla un poco a su aire, no agobiarla. Lo de que ‘me preocupo por ella’ dice que no cuela. Tendré que confiar en ella, en ambas, pues sé que hablan más a menudo. A su madre le cuenta casi cada vez que va al baño, a mí, en cambio, me cuenta lo justo, lo importante, dice; de tanto en tanto sí que me pide dinero o quiere que me ponga de su parte si discute con su madre.

¿Crees que aprobará? Se lo he preguntado esta mañana a mi mujer, por teléfono. Lleva unos días de congreso en Madrid y he imaginado que ambas habrán hablado, eso y que quizá ella sepa algo más, tampoco sé si mucho más. Me dice que sí, que no me preocupe, que tengo que confiar más en ella. Justo cuando voy a expulsar el aire que me lleva apretando unos minutos el pecho me pregunta algo que me desconcierta.
¿Has visto si ha quedado con su amigo para ir al examen?

Al principio dudo, medito la respuesta.
Sé que te gusta ver a dónde va cuando sale de casa, desde la ventana, crees que ella no te ve pero sí; dime, ¿la has visto esta mañana con un chico moreno?

Entonces es cuando caigo en que sí, retengo en los labios ese monosílabo al evocar la imagen de mi hija Almudena acercándose a la esquina de la avenida donde me pareció verla saludar a un chico alto, de color, marcharse juntos.
Sí, contesto al fin. ¿Quién es? ¿Es su novio?

Ahí es mi mujer la que parece tomar aire, buscar las palabras.
¿Están saliendo, sale con un…?, pregunto inquieto.

Espero que no vayas a decir la palabra que creo, me dice, me lo reprocha, más bien. Ves, por eso tiene miedo de no contarte cosas, sigue en tono áspero. Tienes que confiar en ella, deja de juzgarla.
Pero… ¿A ti te parece bien?

A mi sí, si es feliz me parece genial. Y ahora que lo sabes espero que te comportes, ya sabes a lo que me refiero.
Aún añade algo más antes de despedirse recordándome que tiene una charla en el hotel en media hora. La cabeza se me ha ido a ese guiño que me ha dejado caer.

A principios de año Almudena se nos presentó en casa con un chico muy formal, algo tímido, educado hasta rozar lo empalagoso, me sorprendió teniendo en cuenta que algunos amigos de mi hija habían aparecido por casa con unas pintas que no supe si darles la mano o limosna por mucho que mi mujer me lo reprendiese con miradas y algún que otro codazo disimulado en la mesa. Con aquel chico, en cambio, el formalito, fui yo el que le mandaba señales de que me parecía estupendo. Cuando este dijo que quería estudiar medicina en la universidad casi se me saltan las lágrimas de contento. Mi mujer había estado más atenta a nuestra hija, lo de la universidad al parecer no lo tenían muy claro entre ellos dos. El caso es que todo iba muy bien ese día hasta que allá por los postres Almudena soltó la noticia: tenía pensado irse un tiempo a vivir con él. Me costó entender a qué se refería. El chaval estaba aquí en Valencia provisionalmente, era de Tenerife y su idea era regresar y estudiar en la Universidad de La Laguna.
¿También tú quieres estudiar en esa universidad?, le pregunté a mi hija.
Dos sorpresas, la del viaje y la de querer estudiar una carrera. Se tomó una pausa mirando a su madre antes de decir que no, que lo de la carrera no la convencía, pero sí lo de ir unos meses, o un año, añadió como bajando el tono de voz.

¿Un año en Tenerife, tú sola?
El brazo de mi mujer se apoyó en el mío. Lo hablaremos con calma, me dijo.

Y lo hablamos, porque el chico parecía muy formal, de verdad, pero un año fuera de casa, tan lejos, sin ni siquiera saber qué estaría estudiando…, le dije a mi mujer que no me parecía bien.
Durante semanas hubo desde discusiones a portazos, pasando por silencios incómodos en la cocina o en el comedor cuando coincidíamos los tres. No sé qué pasó con el aspirante a médico, imagino que regresó a su casa. Almudena no me contó mucho, sí que había encontrado un trabajo por las tardes en una perfumería. Me pareció bien, nos pareció bien, aquí incluyo a mi mujer que, a solas, esa noche, me recordó cierta frase que yo había lanzado al aire durante una cena.

Le dijiste que si se buscaba un trabajo y ganaba su propio dinero podría hacer lo que quisiera, incluso viajar.
Miré el reloj, el examen de conducir era a las ocho. Ya habría terminado, pensé. También en llamarla o mandarle un mensaje para ver qué tal le había ido. Hasta que no me dijera que había aprobado no desaparecerían los nervios en el estómago. En realidad no creo que desaparezcan a lo largo de la mañana, ni tan siquiera si ella o su madre me dijeran que ha aprobado. Ahora no dejo de pensar en ese nuevo amigo o novio que se ha echado Almudena. Quizá tenga razón mi mujer y deba dejarla a su aire, me va a costar, pero prefiero que vuelva a confiar en mí. Solo espero que no me diga que su amigo es de, no sé…, ¿Senegal?, y quiere irse a África un mes. Me da la sensación de que tenía que haberle dicho que sí a lo de Canarias, al menos allí hablan español. Nota mental, no decirle nada de esto a mi mujer.

lunes, 22 de mayo de 2017

Superpoderes


Cuando era chico me encantaban los tebeos y las películas de superhéroes. Eso de que una persona pudiera volar o tener una fuerza descomunal me parecía asombroso y, de alguna forma, fantaseaba con tener algún día un superpoder así. No me ponía de acuerdo en cuál prefería; en realidad, mi imaginación desbordante no se contentaba con uno solo y me veía en mis sueños despiertos con la capacidad de volar de superman, con la de la superfuerza de la masa o la de invisibilidad de la mujer maravilla que me sacó más de una sonrisa en mi adolescencia, cuando comencé a pensar en chicas, en qué ocurriría si entraba de tapadillo en los aseos femeninos de mi colegio… Cosas de adolescentes.
También comprobé que no era el único que anhelaba esos poderes extraordinarios. Un amigo de mi barrio compartía los mismos sueños. Él fue unas de las pocas personas a las que me atreví a hablarle de mis locuras por miedo a que se riesen de mí. Y, como en mi caso, debatíamos algunas tardes cuáles eran los mejores superpoderes a la hora de que pudiéramos elegir o escoger el que nos gustaría tener.
El tiempo pasó y no solamente mis superhéroes quedaron relegados al olvido sino que también mi amigo se mudó de ciudad hasta no hace mucho, meses atrás, cuando volvimos a coincidir de nuevo. Esta vez la complicidad vino porque, a pesar de nuestras edades y giros de la vida, seguíamos solteros y sin intención de casarnos a corto plazo. En una de esas conversaciones de reencuentro y evocación, sin saber cómo, me acordé de lo del superpoder.
Mi amigo me habló de una chica que le gustaba. Lo de chica me sonó dulcemente extraño. Hacía mucho tiempo que no escuchaba a nadie hablar así de alguien. Me pareció divertido, al principio, incluso llegué a pensar que exageraba, que era producto del alcohol ingerido, aunque tampoco esa noche habíamos bebido tanto.
Es muy guapa, repetía, y creo que le brillaban los ojos al hacerlo, ya digo que lo mismo era por las cervezas, pero claro, luego ponía aquella cara de alelado y terminé por creerme lo del superpoder.
Sí, mi amigo dijo que la chica en cuestión le había transformado. Como le insistí, pidiendo otra ronda, en que me diera detalles, se dejó caer en el respaldo de su silla y, de nuevo con aquella cara de empanado, me dijo que pensaba en ella todo el tiempo.
Eso es que te has enamorado, le dije.
¿A mi edad?, me contestó.
Oye, sin faltar que también es la mía.
Por eso, no creo que sea amor.
¿Qué edad tiene?, pregunté cada vez más intrigado y con la mosca tras la oreja. Se tomó unos segundos en responder.
Veintiuno…
Acabáramos, terminé sentenciando, tranquilo, tiene cura. Y no, no es amor, te has enchochado.
No, no es eso; dijo a modo de escusa.
Créeme, yo pasé por eso. Solo has de tener cuidado, las de veinte si tienen un superpoder sobre los que peinamos canas.
La conversación siguió más o menos en esa línea, hubo otra ronda de zumo de cebada, más confesiones, algunas fotos que me enseñó como para que le dijera lo que no paraba de repetirme, que era muy guapa.
Recuerdo que cuando me levanté al día siguiente, resacoso, uno con los años va perdiendo la capacidad de aguantar el alcohol, volví a pensar en mi amigo, en cómo le había cambiado aquella joven –según había dicho con insistencia– que, para más señas, tenía a su vez novio, un amigo.
Sí, estaba pillada, como me dijo mi amigo Javier. Le insistí en que tuviera cuidado, pero en el fondo sabía que la joven araña le había atrapado en uno de sus hilos. La metáfora la saqué de un documental unos de esos días. La araña lobo tiende hilos en busca de macho en época de celo, y estos, al tocar los filamentos impregnados en feromonas, se acercan telegrafiando sus intenciones, con cuidado, no sea que aquella les confunda con comida.
Me hubiera reído y mucho de cómo el superpoder del amor, así lo llamó mi amigo, hizo que en unos días se comprase ropa nueva, un cambio de look que casi me constó reconocerlo. También se apuntó a un gimnasio, luego supe que el ‘noviete’ de la araña era, además de más joven que mi amigo, un tipo musculado, de los de tableta de chocolate, como se dice ahora. Jamás vi el coche de Javier más limpio y reluciente, no pude callármelo el día que me recogió en la puerta del gimnasio, de donde salía, esbozando una sonrisa triunfal, con gomina en el pelo, para contarme las últimas novedades.
Han discutido, creo que van a romper.
Sentí tristeza, al menos una incomodidad en la boca del estómago que supuese tenía que ver con lo que escuchaba.
Espero que sepas lo que estás haciendo, recuerdo que le dije.
Estaba tan alegre que no me atreví a quitarle de golpe la escalera en la que se había encaramado a la nube. Me lo reproché durante los días siguientes, cuando no respondió a mis llamadas ni a mis mensajes de móvil.
Cabían las dos posibilidades, que estuvieran saliendo y, acaramelados, no tuviera ni tiempo de contestar al móvil. Sentí un poco de envidia, lo admito. Pero también estaba la otra causa, que la araña hubiera cortado el hilo. Esperaba no tener que consolarle tras la caída.
El tiempo es un orfebre implacable y no tardé en ver un día el coche de mi amigo tan sucio como el mío, que ya es decir. En el gimnasio me dijeron que hacía tiempo que no le veían, y cuando por una casualidad premeditada me acerqué por su barrio, por su portal, creí verle entrando en él con una bolsa del supermercado.
Javier, ¿eres tú?
Me pareció tan increíble su aspecto como cuando el nuevo look, solo que esta vez no me nació darle un abrazo alborozado.
¿Qué te ha pasado?
Algún supervillano parecía haberle lanzado un rayo fulgurante, pues no solo estaba desmejorado, ¿cómo era posible que hubiese engordado así en tan poco tiempo desde que nos viésemos?, su aspecto desaliñado y las ojeras me hicieron temer lo peor.
Agachó la cabeza y se hizo el despistado, no quería hablar, no quería verme. Le insistí, volvió a mí el nudo en el estómago.
Entré en su casa, tras él, apenas se opuso ya. Me abstengo de describir cómo encontré su piso. Con lo que me quejo de lo descuidado que tengo el mío, el suyo parecía un documental del paso de un tornado. Tardé en reaccionar, en buscar las preguntas, en el fondo temía conocer las respuestas, al menos una, la razón principal. Me senté a su lado. No debí hacerlo, mi presencia le desanimó aún más, comenzó a llorar sin motivo aparente. Se tapó la cara, dijo algunas frases… Tuve que contenerme porque en el fondo me sentía un poco culpable, y sin embargo al rato se tranquilizó y me dijo que estaba bien. Era una excusa, su forma de decirme que prefería estar solo.
En las historietas de superhéroes y supervillanos había otra cosa maravillosa además de los superpoderes, el final. Eran historias en las que el bien vencía al mal y los buenos, al final, acababan estupendamente. En la vida real, como muchos ya saben, no siempre ocurre esto. A veces el chico acaba con la chica o viceversa, en otras se ve al grupo de amigos, a menudo con un perro superlisto, que montan una fiesta o una merienda y ríen cerrando entusiastas la viñeta final. Mi amigo Javier me contó cierto día que creía en el poder del amor, en el superpoder del amor, ese que logra transformar a personas tímidas en menos tímidas, a silenciosos en elocuentes y a tristones en entusiastas. Quizá en algún momento, en alguna viñeta, se nos olvidó recordar aquello que dijese el hombre araña de la gran pantalla, aquel superhéroe que lanzaba hilos por los edificios para no caerse, sin quedar prendido de ninguno, y cuyos guionistas le hicieron decir una frase memorable: Un gran poder, conlleva una gran responsabilidad.
Suerte, Javier; para todos los Javier que bailan o han bailado alguna vez entre los hilos de una araña joven y guapa.

martes, 21 de marzo de 2017

¿POR AMOR A QUÉ...?

He escuchado demasiadas veces eso de que los artistas a veces trabajamos por amor al arte. Imagino que va por barrios, como se suele decir. Quizá por eso, cuando toca hacer balance, buscar a gente por amor al arte, pienso en que es normal que los 'no artistas' nos vean como un poco bichos raros.
   Este año se cumplen 80 del fallecimiento del escritor norteamericano Howard P. Lovecraft. Tuve la oportunidad de leer algunos de sus relatos en mi adolescencia. He de confesar que algunos me parecieron una 'rayada' como se dice ahora. Recuerdo que uno de los primeros libros que me compré en la Feria del Libro de Valencia, estamos hablando de 1988 o 1989, fue uno de él, uno de relatos, que por alguna extraña razón presté o regalé (me arrepiento) a alguien que no recuerdo.
   Este año iba a ver la luz una antología de relatos inspirados en el universo de este autor, coordinada por alguien que conozco, pero que por razones varias no llegó a buen puerto. Habíamos puesto nuestras ilusiones unos cuantos amigos de aquí y de allá y nos sentimos un poco decepcionados al saber la noticia. Cual ave fénix surgió la idea de soplar las brasas y ver de dar continuidad al proyecto invitando a más escritores, otros locos por amor al arte, ya que no sabíamos si una editorial, al tener el manuscrito con los distintos relatos de 'locos' por Lovecraft decidiría publicar la antología y qué beneficios se obtendría.
HP Lovecraft 1890-1937
   La fe mueve montañas y el espíritu de los que pensamos más en la ilusión del proyecto que en el dinero sopló las velas del barco que, a fecha de hoy, navega con buen rumbo. Tuvimos que echar mano, como dije, de contactos, de otros 'locos' repartidos por la península, locas y locos que quisieran aportar su granito de arena sin prometerles nada. Tocamos a la puerta de algunos escritores más o menos conocidos en esto del terror, pero pusieron escusas variopintas, la mayoría coincidían en que preferían otros proyectos más lucrativos.
   La capitana de esta nave me animaba, me decía: "es normal, no te preocupes". Pero yo me preguntaba en qué punto un escritor se vuelve mercenario, mercachifle, en qué momento uno solo piensa en escribir por la pasta, en qué momento miras a ver quién está en la lista de pasajeros y, si no hay caché me apeo, no me interesa...
   La antología sigue navegando, en abril queremos tocar puerto editorial, buscar un editor que quiera apostar en el sueño de diez marineras y marineros que un día reparamos lo que la marea destrozó y, tras hacernos de nuevo a la mar, decidimos que lo más importante era el viaje, no Ítaca, no el vellocino de oro.
   Gracias a quienes seguís moviendo el mundo desde vuestras naves, sean cuales sean, sin importaros si al otro lado del horizonte habrá un caldero de oro.

"Cuando emprendas tu viaje a Ítaca pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias." K. Kavafis.

miércoles, 25 de enero de 2017

Taller escritura en Alas Espacio Creativo (Valencia)


Taller de Escritura creativa



Dirigido a: todas las personas que quieran expresar ideas, sentimientos, ficciones o realidades mediante la palabra escrita. El taller será esencialmente práctico y los textos se analizarán de manera participativa y por el docente. No es necesario conocimientos previos de escritura creativa.

Objetivos: Este curso está orientado al aprendizaje de las técnicas y herramientas narrativas mediante la teoría y la puesta en práctica a través de relatos breves. A través de la escritura y del análisis de los textos cada alumno/a descubrirá o potenciará su propio estilo y sus preferencias como escritor/a.

Lugar: Alas Espacio creativo. C/ Guadalaviar, 9 bajo. 46009 (Valencia).

Parada Bus EMT: Líneas 1, 6, 16, 26, 28, 79, 80, 95.

Duración: Los jueves del 2 de febrero al 11 de mayo. (exc. festivos)

Horario: 19:00 a 20:30 horas.



Contenido:

·         Fuentes de la creación literaria

·         Estructuras lineales y no lineales

·         Construcción y desarrollo del conflicto

·         Creación del personaje literario

·         El diálogo

·         La descripción

·         Narrador y punto de vista

·         Espacio y tiempo literarios

·         Estilo y originalidad

·         Técnicas de desbloqueo

·         Reescritura



Más info e inscripciones: Alas Espacio creativo. Tel. 963 113 436 https://www.facebook.com/alasespaciocreativo

@alasespaciocreativo